Evangelio del día + breve explicación en un minuto.
La Iglesia antes de ser evangelizadora y caritativa es escuchadora de la Palabra.
¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen como María de Nazaret! Gracias por tu visita. Si te ha gustado añade me gusta. Compártelo en las redes.
La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, que ilumina la vida de cada hombre y mujer creyentes. Bien sabemos que «el plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas…y la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (D.V. 2).
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo
único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para
que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree
ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Hoy celebramos el Domingo de la Santísima Trinidad, después de la Solemnidad de Pentecostés.
Nuestra vida cristiana ciertamente es una vida espiritual trinitaria: una vida en el Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Trinidad es un Misterio de Amor, un Misterio de Comunión y de Comunicación.
Solamente en el Misterio de la Comunión y Conminación divina del Padre, del Hijo y del Espíritu suplicamos el aumento de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad.
También hoy celebramos la Fiesta de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel.
Esta fiesta fue instituida por Urbano VI en 1389, y en el calendario promulgado por Pablo VI en 1969. Está colocada entre la fiesta de la Anunciación del Señor y la de San Juan Bautista y, se culmina con este día el mes dedicado de modo especial al culto de María.
En el Evangelio de este Domingo de la Santísima Trinidad leemos el Evangelio de San Juan (Jn 3,16-18).
En Jesucristo, el Hijo amado del Padre, se revela todo el amor de Dios al mundo. El Hijo no vino como juez, no vino a castigar, vino a curar heridas, vino a salvar a lo que estaba perdido, vino a llenarlo todo de vida eterna.
Jesús recuerda a Nicodemo que la verdadera renovación la ofrece Jesús, el Hijo, que conoce al Padre, y ha sido enviado al mundo como señal de amor.
Supliquemos intimidad y confianza con el Padre amoroso que ha creado el cielo y la tierra; con el Hijo que se entrega por nosotros; con el Espíritu Santo que nos impulsa a ser discípulos y seguidores de Jesús. Amén.
ESPECIAL: FIRMES Y SEGUROS EN JESUCRISTO.

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